Por la anécdota: lo que los juegos de mesa me enseñaron sobre la vidaPor: Alex Arenas

Mi introducción al mundo de los juegos de mesa ocurrió a finales de 2017, mientras cursaba la carrera de ingeniería. Quedé sorprendido al descubrir la cantidad de experiencias que me había estado perdiendo por desconocer los juegos modernos. La palabra que mejor define esa sensación es obnubilación.

 

Desde pequeño, me había fascinado el modelado de sistemas. Esto me llevó, a temprana edad, a interesarme por los juegos de rol y sus mecánicas para crear personajes, entornos y situaciones. Sin embargo, exigen mucho trabajo y compromiso por parte del narrador y los jugadores, lo que hace complicado jugar de forma recurrente sin un grupo muy específico. Además añadía otra dificultad: mi obsesión por explorar nuevos sistemas, nuevas formas de gestionar la información y nuevos mundos, un ritmo difícil de seguir para un grupo.

 

Cuando permití que los juegos de mesa entraran en mi vida, surgió una obsesión similar. Buscar y probar títulos nuevos se convirtió en una prioridad. Veía decenas de videos al día, estudiaba mecánicas de todo tipo y analizaba cómo los distintos autores las utilizaban para desafiar a los jugadores.

Poco a poco, centré mi atención en los juegos simuladores. Estos suelen presentar mecánicas refinadas y, a menudo, muy complejas, ya que su objetivo no es ser amables, sino enfrentarte de la manera más realista posible a los escenarios que eliges.

 

Son más comunes en los videojuegos, donde el procesador se encarga de los cálculos en lugar del jugador. Así descubrí el universo de los wargames, los juegos de civilizaciones y los económicos avanzados: un ecosistema donde distintos diseñadores adaptan conceptos complejos para crear experiencias excelsas.

Y entonces empezaron los problemas. Si bien es cierto que un juego de mesa suele ser más accesible que uno de rol—requiere menos preparación y compromiso—, no deja de tener una barrera de entrada que puede volverse desmesurada.

 

Me resultaba difícil encontrar personas dispuestas a jugar a títulos tan complejos, y también localizar los juegos en sí: cada vez más extraños, intrincados y costosos. Dejé atrás muchos buenos momentos con juegos sencillos para presionar a mi círculo hacia una complejidad creciente: partidas interminables de decenas de horas, explicaciones que llevaban media tarde… Es normal que pocos quisieran seguir ese ritmo.

Llegué a creer, por un momento, que mi capacidad para sobrellevar esas barreras era señal de una mente superior, y me frustraba que otros no las sortearan. El ego de un joven ignorante es más grande de lo que él mismo puede imaginar.

En internet, encontré a personas con problemas similares, que también se quejaban de la dificultad para encontrar compañeros de juego. Me uní a una comunidad llena de gente frustrada por buscar mayores retos y no tener con quién compartirlos.

 

Allí aprendí lecciones cruciales. La más importante: da igual que disfrutes de experiencias complejas o simples; no eres más inteligente por aguantar partidas de diez horas o leer manuales de cientos de páginas. Cada persona disfruta de experiencias distintas en momentos distintos. Muchos me compartieron no solo sus gustos, sino también sus vivencias. Aislarte de tu entorno por creerte superior solo conduce a un ostracismo autoimpuesto.

No siempre se puede pretender leer manuales gigantes para luego invertir decenas de horas en un juego incomprensible. Los juegos de mesa eran el hobby al que más tiempo dedicaba, y me estaba perdiendo cientos de experiencias valiosas por un prejuicio autoinducido.

Volví a visitar más lugares, a conocer a diferentes personas y a probar juegos diversos. Recordé lo que me había enamorado de este hobby en un principio: el trato humano, la experiencia compartida, los chistes, las conversaciones, conocer al grupo con el que juegas. El juego no es más que una excusa para pasar un buen rato con amigos o conocer a desconocidos encantadores.

 

Odiar los juegos por ser sencillos y “no aportarme nada” fue solo una etapa en la que perdí la oportunidad de disfrutar de muchas vivencias. El pasado no puedo rectificarlo, pero sí aprender de él. No le temo a ningún juego, por muy complejo que sea; si surge la oportunidad de enfrentarme a esos monstruos, seguramente estaré ahí. Pero tampoco desperdiciaré la ocasión de reunirme con conocidos y desconocidos para pasar un rato agradable con un juego sobre la mesa.

La comunidad que he conocido es maravillosa. La mayoría de las personas son amables, abiertas a conocer a otros y a divertirse sin importar ideologías políticas o religiosas. Tengo mucho que agradecer a todos los que han jugado conmigo y me han compartido sus opiniones y formas de jugar.

 

No está de más aclarar que disfruto enormemente de juegos muy sencillos que me aportan nuevas experiencias y formas de interactuar. Detrás de cada buen juego hay un trabajo arduo, mucho esfuerzo y la suerte de haberlo encontrado. Atesoro todos los recuerdos y amigos que me han dejado un hobby tan singular.

 

Mi consejo para quien esté entrando en este mundillo es que nunca deje de jugar ni de divertirse. No importa el tipo de juego; siempre habrá un público dispuesto a jugarlo. Busca los que te gusten y dale también una oportunidad a aquellos que pienses que no. Puede que te estés perdiendo una gran experiencia, aunque sea solo “por la anécdota”.

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